Si la escritura fuera como el resto de las artes, se podría escribir cualquier cosa por el puro placer de hacerlo, viendo cómo palabra por palabra se forman las frases, aún sin saber exactamente qué decir. Y luego, si se diese el caso de que algún lector dejara caer su vista y su curiosidad por ahí, justificarte con que era un texto abstracto y quedarte tan pancha.
Un profesor dijo hace unos días que hay que escribir sabiendo qué queremos decir... Y me dejó pensando, dándole la razón por dentro, aunque en el fondo sé que a veces apetece hacerlo y ya está.
Como ahora, en este preciso momento, a sabiendas que quedará expuesto. Consciente de que el derecho a la libertad de expresión en ocasiones no es suficiente para poder abrirse al mundo con cualquier cosa.
Hay escritores, y hay personas que escriben. La diferencia la estipulan en la calidad de sus textos... ¿Y qué pasa con nosotros/as, los/as del segundo grupo? ¿No tenemos acaso un hueco entre las páginas de papel y las virtuales?
Hay personas que escriben que no esperan crítica, ni para bien..., ni para mal. Que escriben porque sí. De igual modo que hay pintores o fotógrafos que arrancan con su pincel o su cámara sin buscar la belleza o una interpretación positiva de los ojos de este mundo. También nosotros/as, esa especie de seres abstraídos, disfrutamos deslizando las letras por el papel virgen y vacilante. Aún con la vergüenza a flor de piel por si algún lector cayera accidentalmente sobre lo que escribes y tuviera la oportunidad de "interpretarte", de juzgar el mensaje.
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Empiezo a valorar lo que me es propio, y no es más que mis propias palabras.