Después de varios inviernos con las piernas sin depilar, y de haber salido infinidad de veces a la calle con el pijama viejo, he podido comprobar con
orgullo y satisfacción que la vida sigue su curso y que no se desploma el mundo por no ir
monísima de la muerte. Después de haberme entrelazado,
por suerte o por desgracia, con hombres que han minado mi autoestima a base de insultos sin sentido, golpes, o la Luna servida en bandeja de plata
, ahora,
con la cabeza alta, puedo gritar y grito que me importa un comino no encajar en vuestro esquema.
Después de haber conocido a otras mujeres que como yo, y a veces en silencio, se replantean si esta
Tierra de Nadie está preparada para Nosotras, que no queremos, y estamos dispuestas a renunciar a todas las cremas, las modas, las dietas, los tratamientos y depilaciones, peluquerías y demás, por poder ser libremente, estar sin complejos que nos detienen, por vivir tranquilas y sin sobresaltos, aunque mil veces intenten cambiarnos.
Después de haber rechazado, siempre con una sonrisa, pasar primero y por delante de una puerta, dejando atrás esa "caballerosidad" perpetua y cultural, o esas invitaciones a las consumiciones de los bares,
porque el hombre es el que paga, me reafirmo por fin que no me importa mojarme los zapatos en los charcos. Que yo solita me apaño. Que mi fortaleza no depende de Vosotros. Que si quiero eructo o llevo las axilas sin depilar.
Soy consciente de que aún quedan muchas Mujeres que..., no lo saben, no lo sienten. Que todavía en su subconsciente hay algo que les empuja a deslumbrar y seducir con sus
cuerpos esculturales. Que parte de su autoestima depende de cuantos ojos masculinos las deseen.
Está bien... Para cerrar, y a sabiendas que me dejo muchas ideas en el tintero, lo haré con mi propia versión de la famosa frase de Salvador Allende, ya saben, la de "ser joven y no ser revolucionario...". Ésta es la mía: ser mujer y no ser feminista, es una contradicción hasta biológica.