En esta tierra de múltiples dicotomías, agresiones, vacíos y demás malformaciones de lo natural, el suplir esas carencias con objetos innecesarios parece ir más allá de una moda pasajera. Parece ser ya una característica distintiva del homo sapiens de nuestro tiempo. Caminar por las calles y sentir la llamada irresistible de los escaparates forma ya parte de nuestro quehacer cotidiano. Casi tanto como respirar... Pero no, no giramos las miradas ante el malestar ajeno y lejano, ni intentamos escuchar las voces que no llegan. Ni siquiera nos paramos a mirar una flor extraña que destaca por si misma entre muchas florecillas comunes.
A falta de buenas relaciones, compramos y compramos, pagando siempre el precio de la ausencia. Calmamos el picor de la soledad enfundándonos en atuendos sobrantes. Engañamos a las horas propias del cariño con ratos perdidos en los grandes almacenes. Sustituimos las buenas conversaciones con iconos en una pantalla. Soñamos con casas más grandes, alejando las distancias de nuestros abrazos...
Y aquí una servidora, reconociendo abiertamente que pago el precio injusto que sustituye al calor humano.
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